¿Eres tóxico?

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Es frecuente oir hablar de la gente tóxica. Se trata de personas a las que hay que evitar para que no nos arrastren. Gente que te usa para descargarse de sus problemas, preocupaciones y desgracias y que de ese modo te hace partícipe de ellos.

No quiere decir eso que toda la gente que te cuente sus penas es gente tóxica. A veces hay que exponerse un poco al sufrimiento ajeno, sobre todo cuando esa gente que sufre te importa. Pero actualmente se nos dice que nuestro equilibrio, nuestra paz interior y mil y una cosas más de la psicología de revista tienen una importancia casi sagrada por lo que hay que defenderse de las agresiones exteriores, de los tóxicos y su afán de hacernos infelices.

No es tan frecuente el preguntarse a uno mismo si se es tóxico. ¿Busco a algunas personas para contarles mis penas?, ¿Hablo con ellas para otras cosas?

Es un problema habitual el ver la toxicidad ajena y no reconocer la nuestra. Forma parte de ese egocentrismo que impulsa nuestra sociedad, así que no hay que mortificarse demasiado por ello. Sin embargo, es importante autoevaluarnos, medir nuestro propio grado de toxicidad y, si corresponde, tomar acciones que ayuden a superarla.

Nunca estaremos limpios al cien por cien, ni siquiera es una meta a la que tengamos que aspirar. De hecho, ese grado de imperfección nos servirá para ser más indulgentes con la toxicidad ajena. Para evitar esa superioridad de la que podemos hacer gala al juzgar a los demás.

Se trata de ser realistas. De comprender que la toxicidad no es algo contagioso que convierta a esas personas en parias a nuestros ojos. Hay que saber separar, encontrar el equilibrio y ayudar también a los demás. Establecer fronteras y cuando alguien intente sobrepasarlas actuar en consecuencia.

Un saludo.

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