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Nombres

Elegir un nombre es siempre una cuestión peliaguda. Ya sea para un negocio, una web o para tus hijos. En este último caso es, si cabe, más delicado, porque van a convivir con él hasta la muerte. Al igual que el hábito no hace al monje, el nombre no modifica a su portador pero, como bien sabía Oscar Wilde, no da igual llamarse de cualquier forma.

En mi barrio proliferan las Mencías y Jimenas y los Boscos y Gonzalos, entre otros. Todos ellos la mar de estilosos y exclusivos. Por lo menos eso deben pensar los que los han escogido. Por contra, los hay que prefieren un clásico, como, Jennifer (escrito de cualquier forma), Jonathan (ídem) o Ian (pronunciado literal). Supongo que estos últimos no pretenden convertir a su descendencia en carne de cañi o choni, aunque le facilitan mucho la tarea. No me imagino nada más duro que intentar llevar con dignidad unas cadenas de oro de a kilo, los tatuajes rúnicos y un pelo que parece esculpido en vez de peinado llamándote Bosco o Mauro. Así que Pacos del mundo, uníos y reclamad el glamour que vuestro nombre merece. Que nadie te arrebate tu futuro por llamarte Manolo. Aupa las Maris de toda la vida.

Para concluir. El nombre de un hijo es una decisión que no debería ser tomada a la ligera y estar motivada por una moda (o tendencia, que es más cool) de las revistas de ser papás o mamás. Como con el bautizo, le estás aplicando un sello que llevará (salvo en contadas excepciones) el resto de su vida. No sigas tradiciones o modas. No se trata de fallar o acertar con la elección. Solo se trata de que si un día tu hija o hijo no están contentos con él y te preguntan ¿por qué me llamo así? puedas responder sinceramente, porque nos gustaba, cariño.

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