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¿Originalidad o falta de ella?

Ya hace unos días escribí sobre como, en mi opinión, las redes sociales están afectando a las capacidades de comunicación de muchas personas. Para confirmar esta teoría nada como la navidad y la necesidad de expresar buenos deseos a amigos y familiares.

Hasta hace unos años en fin de año se colapsaban las líneas telefónicas por las oleadas de familiares que se llamaban para decirse “feliz año”, entre el ruído de los villancicos y el “especial” de fin de año con sus cutres actuaciones pregrabadas. Con la popularización de los SMS empezó ya a vislumbrarse la necesidad de mandar algo más elaborado, restringido a los 164 caractétes que el formato permitía. Los MMS nunca cuajaron, su elevado coste hacía inviable felicitar a los conocidos sin dejarse un pastón en el intento.

Con las redes sociales y whatsapp hemos entrado en una nueva etapa. No hay límites de texto, puedes añadir música y vídeos ñoños. Es el método definitivo de dar salida a nuestra creatividad felicitadora… El caso, es que cuando suenan las campanadas la gente con la que compartes ese momento te dice “feliz año”, te dan un beso o un abrazo, y sigue la fiesta. Cuando vuelves de vacaciones, en el trabajo te reciben con un “feliz año”. La charcutera te desea feliz año…

Si tan sencillo es expresar tus buenos deseos en persona o por teléfono ¿por qué hay que devanarse los sesos para escribir el whatsapp más emotivo, gracioso o cariñoso del mundo?¿Por qué? Lo peor de todo es que la mayor parte de las veces ni siquiera ha sido escrito para ti, sino que te han reenviado el que más les ha gustado de los que ellos ya han recibido. A mí, por lo menos, me parece triste. Prefiero no recibir ese tipo de felicitaciones. De hecho, no he respondido a ninguna de ese estilo.

A todos los que pasan por aquí, queriendo o “de rebote”, simplemente, feliz año.

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