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Una de cenas

Para celebrar la carta de libertad de una de nuestras pequeñas compañeras fuimos a cenar a un hotel. Ha sido una de las cenas más chungas a las que he podido ir. Nada más empezar ya tenías la taza para el café delante del plato. Y nada más acabar los (escasos) entrantes ya te preguntaban que qué querías de postre. Menos mal que no me dejé llevar por mi primer impulso de pedir lubina y pedí confí de pato (o como coño se escriba). La ración de pato era más bien escasa pero por lo menos no tenía espinas y escamas como la lubina esa en salsa que pusieron.

El postre también fue un truño. Toda la comida fue servida a un ritmo que ni en las galeras y al final ni siquiera dieron el típico chupito gratis (porque no estaba incluído en el menú). Otra cosa impactante fue ver como quitaban una botella de vino enterita de un sitio para ponerla en otro porque les habían pedido más vino.

Después de la cena fuimos a un par de garitos y desde allí Gerard y yo nos disgregamos para el hogar ante la inminente amenaza del regatón (lo peor de todo no es el regatón sino los porteros eslavos rapados que te miran como si desearan tu muerte, las cervezas de botellín a 3 aurelios, los tipos malosos capaces de matar porque alguien ha mirado a su chati…).

Resumiendo, 30 aurelios menos en el bolsillo y lenvantarse más tarde de lo habitual el sabado. Pero lo importante es que nuestra pequeña compañera ha conseguido su libertad.

Por cierto, octopus en su salsa, la madre que lo parió, las tiene a todas loquitas el muy cabroncete.

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